Casi nadie en este mundo conoce a Lionel Messi.
No importa si en Kazajstán o en la luna hay un cartel con su nombre o desde cualquier aparato se puede poner YouTube para ver una genialidad con su marca. Casi nadie, realmente, sabe quién es él. Messi vive como la princesa de Shrek. En el medio de Casteldefels, apenas en las afuera de Barcelona, está su casa y eso que los catalanes han denominado Little Rosario. Jorge Valdano dijo que ser rosarino es una manera exagerada de ser argentino y Messi es algo así. Le sale natural: su mundo es como si nunca hubiera salido del barrio del que lo sacaron a los trece años. Un video, hace unos años, lo vio en el medio del himno, sin cantarlo. Cada cual entenderá la nacionalidad a su manera, pero Messi, que a los trece años se inyectaba hormonas para poder crecer, demuestra ser argentino cada vez que habla: como los rosarinos, se sigue comiendo las eses de los finales de las palabras, como si la cultura catalana le pasara de largo.
Pero nadie lo conoce. Sus intimidades se inventan o las cuenta él, casi sin develar misterios. Dice que le gusta escuchar reggae y parte de eso se lo influyó el arquero Pinto, gran amigo suyo. Le gusta la banda Los Cafres. De hecho, su tema favorito es "Hijo", una letra que le ha quebrado la vida, como se la quebró Thiago, su niño, con el que duerme todos los días la siesta y por el que ha frenado entrevistas o charlas para hacer consultas domésticas sobre la escolaridad en el jardín de infantes.
Aún así, nadie conoce a Messi. Sus asuntos externos los maneja su padre. Nadie sabe tampoco si puede o no hacerlo: simplemente los delega en el tipo en el mundo en el que más confía para hacer lo que sea. Messi se cuida de seguir siendo sujeto, en un mundo que lo conoce como objeto. No aparece en las fotos con las marcas la obsesividad de loco que tiene el hombre que más récords ganó en su vida. Que no quiere perder a nada. Al que un día Pep Guardiola lo sacó de la cancha y, enojado, al día siguiente, él no fue a entrenar porque así le parecía. Que cuando era un chico y le ofrecieron jugar para España, él decidió Argentina. El que, aunque pase el tiempo, se sigue involucrando en desafíos.   
Al revés de Diego Maradona, al que conocen o creyeron conocer todos, Messi es una estrella que prefiere no vivir en el cielo. El mundo mediático le pide que hable, que sea grandilocuente, que aparezca en escándalos, pero él elige ser normal. Ser normal en un cuerpo anormal. Porque si él se ha vuelto uno de los hombres más famosos del mundo no es por otra razón que por su capacidad por relacionarse con la pelota y su capacidad para asumir ese talento. Casi nadie conoce a Messi y pocos, muy pocos, saben todo lo que se reprocha no haber ganado algo con la Selección. En realidad, se reprocha todo lo que no gana, pero eso, claro, lo desespera y no por lo que digan de él. Claro que le duele, pero más le duele lo que él mismo siente de él. Cuando no salen las cosas. 
Messi era el nene al que una compañerita del colegio le hacía todas las tareas. Es, también, el pibe que se enamoró de la prima de uno de sus amigos que apareció una tarde en la que él con sus amigos jugaba a la Play Station. Ella lo conoce. Sus amigos lo conocen. Su nene lo conoce. Su padre y su madre también. Sus hermanos. Sus compañeros que, en casos como Agüero o Di María, son grandes amigos. Pero nadie más.
Eso sí: Messi custodia su intimidad sin la tenacidad con la que lleva la pelota. No hay esfuerzo. Es así.